El Día que Me Hicieron la radiografía de la Mente

 La evaluación diagnóstica no se parecía en nada a lo que imaginaba. No había un scanner cerebral ni preguntas obvias como '¿Le gustan los rompecabezas?'. En cambio, era una conversación extraña, minuciosa, a veces exasperantemente redundante.


La psicóloga, una mujer de sonrisa tranquila, me hacía preguntas de opción múltiple. Pero cada cierto tiempo, mi detector interno de patrones encendía una alerta.


—Espere —la interrumpí, incapaz de tolerar la incoherencia—. Esa pregunta ya me la hizo. Hace veinte minutos. La número quince.


Ella solo asintió, con esa misma sonrisa enigmática, y esperó.


—Bueno, pues mi respuesta es la misma —dije, un poco irritada por la aparente ineficiencia del proceso.


'Click'. Mentalmente, archivé la incongruencia. ¿Por qué un profesional haría algo tan ilógico como repetir preguntas?


Solo meses después, con el informe en mis manos, entendí el genio perverso de aquella prueba. No estaban evaluando solo mis respuestas. Estaban evaluando mi arquitectura.


Las preguntas repetidas eran trampas de consistencia. Querían ver si la 'Lizzy' del minuto 10 era la misma 'Lizzy' del minuto 60, o si inventaba respuestas para agradar. Mis quejas por la redundancia eran un síntoma documentado: la necesidad autista de orden, lógica y eficiencia, chocando contra una prueba diseñada para ser deliberadamente ilógica en su superficie.


Cada vez que señalaba una repetición y contestaba lo mismo, no era yo siendo 'quisquillosa'. Era yo proveyendo evidencia forense de mi propio funcionamiento mental, sin siquiera saberlo. La sonrisa de la psicóloga no era de complicidad; era la sonrisa de una investigadora que ve cómo el sujeto de estudio, de forma perfecta e involuntaria, confirma cada una de sus hipótesis.


Ellos llaman a eso 'evaluación'. Yo lo llamo: el día en que por fin me hicieron las preguntas correctas, incluso cuando parecían las más tontas

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