Todos somos el futuro que no espera
Tengo hijos. Tengo sobrinos. Y tengo memoria.
Recuerdo ser una niña a la que le decían que si no estudiaba no sería nadie. Recuerdo haber crecido escuchando más órdenes que abrazos. Recuerdo mirar a los adultos y sentir que no me veían.
Hoy estudio psicología. No para ser alguien. Ya soy alguien. Estudio porque me gusta, porque quiero entender, porque quiero ayudar.
Y cuando pienso en los niños —todos los niños— pienso en eso: en que los vean. En que no crezcan sintiéndose invisibles. En que tengan derecho a ser escuchados, protegidos, cuidados.
Hay niños que sufren en silencio. Hay niños que callan porque nadie les preguntó. Hay niños que aprenden demasiado pronto que el mundo no es un lugar seguro.
No puedo cambiarlo todo. Pero puedo hacer algo.
Puedo escribir. Puedo alzar la voz. Puedo estudiar para entender mejor. Puedo, cuando sea el momento, tender la mano.
A veces me preguntan:
"¿Por qué te importa tanto? Si tienes hijos propios, ¿no basta con ocuparte de ellos?"
Y yo respondo: ¿acaso hace falta tener hijos para querer que los niños estén bien?
El futuro de los niños no es solo de sus padres. Es de todos. Porque ellos serán los que habiten el mundo que les dejemos.
Yo quiero dejarles un mundo donde ser niño no sea una sentencia. Donde crecer no signifique sobrevivir.
Pero no solo pienso en los niños.
Pienso también en los adultos que la ley ignora. En los hombres y mujeres que sufren de verdad y no encuentran quien los escuche. En los que son juzgados por ser hombres o por ser mujeres, como si el género dictara quién merece ser visto.
Pienso en los que no encajan. En los que nadie entiende. En los que crecen escuchando que son "demasiado" o "no lo suficiente". En los que aprenden a callar porque lo que sienten no le importa a nadie.
Yo fui esa niña. La que no sabía por qué el mundo le resultaba tan ruidoso. La que se perdía en su cabeza porque afuera todo dolía demasiado.
También he sido esa adulta. La que no entienden. La que hacen a un lado porque no tiene algo que ofrecer, o porque "no encaja" en el grupo de los que beben, o de los que socializan como se espera, o de los que siguen la moda.
Hoy elijo quedarme en casa con mi esposo y mis hijos viendo alguna pelcula. Y no me importa si eso no está de moda. Pero sé que hay personas que sufren por ser apartadas. Y sé que la sociedad a veces promueve valores que luego pisotea con la misma facilidad con que cambia de vestuario.
Por eso escribo.
Por eso estudio psicología.
Por eso me siento a escuchar a un stuntman de Hollywood, a una actriz en un mal momento, a un productor que manda un mensaje para desearme un buen día sin yo saber bien por qué.
Porque en cada historia hay un niño que fui. Y en cada persona que sufre hoy —niño, mujer, hombre, adulto mayor, el que no encaja— hay alguien que podría ser visto si alguien se atreve a mirar.
No sé si cambiaré el mundo.
Pero sí sé que no quiero ser de las que callan mientras otros sufren en silencio.
El futuro no espera a que estés lista. El futuro se construye ahora, con cada niño al que decides no ignorar, con cada mujer a la que decides creer, con cada persona "difícil" a la que decides conocer de verdad.
El futuro no espera.
Y yo tampoco.
Es una reflexión maravillosa y un regalo para aquellos que necesitan un empujón para brillar.
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