Menstruación digna en México: Entre la realidad, los prejuicios y las políticas públicas inconclusas
Por Lizzy Rodríguez.
Punto 1: El debate que no debería existir
En los últimos días, un tema ha generado encendidas discusiones en redes sociales: la menstruación y el trato que las mujeres reciben (o deberían recibir) durante su ciclo. Por un lado, hay quienes consideran que los cólicos menstruales son motivo suficiente para pedir días libres, descanso y "apapacho" institucional. Por el otro, estamos quienes pensamos que convertir un proceso biológico natural en una identidad de víctima es exactamente lo opuesto a lo que el feminismo igualitario debería buscar: empoderamiento, no victimización.
Y en medio de este debate, aparece la realidad. Una realidad incómoda que no se resuelve con opiniones ni con ocurrencias de mostrador.
Porque mientras algunos discutimos si la mujer debe ser tratada con pinzas durante su período, hay datos que no podemos ignorar. La Segunda Encuesta Nacional de Gestión Menstrual revela que en México el 31% de las niñas falta a la escuela durante su periodo. Treinta y uno por ciento. Y no es porque "se sientan víctimas". Es porque no tienen con qué gestionar su menstruación de manera digna.
No tienen acceso a productos básicos. No tienen baños con infraestructura mínima. No tienen información. No tienen agua. No tienen jabón. No tienen puertas que cierren. No tienen a quién recurrir.
Y entonces, en lugar de hablar de eso, nos enredamos en discusiones estériles donde alguien suelta la frase mágica: "Pero si hay toallas de 15 pesos en el Oxxo".
Como si el problema se resolviera señalando un precio en una farmacia.
Punto 2: La brecha entre el "debería ser" y el "es"
Hablemos con honestidad. Cuando yo iba a la escuela, las cosas funcionaban de otra manera. Había cuota de inscripción, pero en los hechos era obligatoria porque sin ese dinero la escuela no operaba.
Y con ese dinero, las escuelas tenían:
· Medicamentos básicos.
· Toallas sanitarias para quien las necesitara.
· Papel de baño.
· Agua.
· Pago para la señora de la limpieza.
· Mantenimiento mínimo.
No era un sistema perfecto, pero cubría lo básico. Las niñas que llegaban con su periodo sin avisar, tenían a dónde recurrir. Había un botiquín, había una persona dispuesta a ayudar, había un baño más o menos digno.
Pero luego llegó una decisión bien intencionada, pero mal ejecutada. El gobierno decidió que la cuota "voluntaria" no podía seguir siendo obligatoria. Que los directores no podían condicionar la inscripción al pago. Y, en teoría, eso está bien. La educación debe ser gratuita. El problema es que quitaron el recurso, pero no pusieron nada en su lugar.
Porque el gobierno no incrementó el presupuesto para mantenimiento de escuelas. No envió recursos para botiquines. No garantizó que cada escuela tuviera agua potable y baños dignos. Simplemente dijo "ya no cobren" y se lavó las manos.
Y lo viví de cerca. Formé parte de un comité de padres de familia hace algunos años. La escuela se sostenía con lo poco que la gente podía pagar. El gobierno mandaba personal de limpieza, pero no era suficiente. No mandaba medicamentos. No mandaba toallas. No mandaba nada.
Las escuelas públicas en México dependen hoy, más que nunca, de la buena voluntad de los padres y de los comités. Y cuando una familia no tiene para la cuota, la escuela tampoco tiene para lo básico. Y cuando la escuela no tiene para lo básico, las niñas que menstrúan son las primeras en quedarse fuera.
Punto 3: El clasismo disfrazado de opinión
Y entonces aparece alguien en redes y comenta: "Hay toallas de 15 pesos, es su culpa si no compran".
Ese comentario es, con todo respeto, profundamente ignorante de cómo funciona la pobreza real.
Porque no es solo "no tener 15 pesos". Es:
· No tener 15 pesos porque con eso comes ese día.
· No tener 15 pesos y vivir a dos horas de la farmacia más cercana.
· No tener 15 pesos y sentir vergüenza de pedirlos.
· No tener 15 pesos, y aunque los tuvieras, llegar a una escuela donde el baño no tiene puerta, no tiene agua, no tiene papel.
El 31% de niñas que falta a la escuela no lo hace porque quiera victimizarse. Lo hace porque el sistema las expulsa. Porque menstruar sin recursos, sin infraestructura y sin información, se vuelve una barrera insuperable.
Y no, no es "falta de cultura". Es falta de políticas públicas. Es falta de presupuesto. Es falta de voluntad para entender que la menstruación no es un lujo, es un proceso biológico, y gestionarla con dignidad debería ser un derecho, no un privilegio.
Punto final: ¿De qué deberíamos estar hablando?
Mientras tanto, el debate público sigue secuestrado por los extremos. Por un lado, quienes piden privilegios y trato especial por ser mujeres, cayendo en una victimización que contradice todo lo que el feminismo igualitario ha buscado durante décadas. Por el otro, quienes desde su burbuja de privilegio niegan la realidad y sueltan frases hechas sin el menor asomo de empatía o comprensión lectora.
Y en medio, están las niñas. Las que no tienen voz en esta discusión. Las que faltan 31% de los días. Las que usan trapos viejos o periódico porque en su casa no hay para una toalla. Las que dejan de ir a la escuela no porque quieran, sino porque el sistema las abandonó.
El feminismo que yo creo que vale la pena no es el que pide que nos traten como víctimas. Es el que exige igualdad de condiciones. Escuelas dignas. Baños con agua y puertas que cierren. Acceso a productos básicos. Educación sin tabúes. Y sobre todo, que el gobierno asuma su responsabilidad en lugar de dejar que las escuelas se sostengan con cuotas malditas o con la caridad de los padres.
Porque mientras no entendamos eso, mientras sigamos discutiendo sobre el machismo o desde la ofensa fácil, las niñas seguirán faltando. Y nosotras, las que podemos comprar una toalla de 15 pesos, seguiremos creyendo que el problema está resuelto solo porque a nosotras no nos tocó vivirlo.
Y no, no se trata de ser víctimas. Se trata de ser justos. Y de dejar de confundir la exigencia de derechos con la búsqueda de privilegios. Porque una cosa es pedir que te traten con dignidad, y otra muy distinta es hacerse la pobrecita para que te den el día libre.
La menstruación no me hace débil. Me hace mujer. Pero también me hace consciente de que no todas tienen lo que yo tengo. Y eso, precisamente eso, es lo que deberíamos estar discutiendo.
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